- JOSÉ RODRÍGUEZ GUERRERO & PEDRO ROJAS GARCÍA, "La Chymica de Richard Stanihurst en la Corte de Felipe II", «Azogue», nº 4, 2001, URL: http://www.revistaazogue.com
José
Rodríguez Guerrero
Pedro Rojas García
LA
CHYMICA DE RICHARD STANIHURST
EN LA CORTE DE FELIPE II
I - Aproximación Biográfica.
Richard Stanihurst (1547-1618),
apodado "The Dubliner", fue hijo de James Stanihurst (?-1573),
destacado vocal de la Irish House of Commons. Aunque su
familia es de origen inglés se estableció en Dublín en el
siglo XIV alcanzando una posición influyente. Su arraigo en la
ciudad queda atestiguado por el grado de "Mayor" o
"Lord Mayor" ejercido por algunos de sus antepasados,
como Richard Stanyhurst (entre 1489-1490) o Nicholas Stanyhurst (1542-1543).
En los tiempos de su formación su familia se mueve entre las tendencias protestantes y la
católica (1) .
Se formó en el University College, en Oxford. Obtuvo en 1568 una
Licenciatura en Filosofía y Letras (2) . Completó su amplia educación en la ciudad de
Londres, concretamente perfeccionó su formación en Derecho en Furnivalls
Inn y Lincolns Inn. 1570 es el año de publicación
de su primera obra, un comentario latino sobre Porfirio, bastante
alabado por sus contemporáneos que destacaron su importante
grado de erudición. El contenido manifiesta abundantes ideas
sobre la filosofía neo-platónica (3) .
Como estudiante en Oxford coincidió con Edmund Campion (1540-1581)
al que ayudó activamente durante largos viajes en la recopilación
de datos sobre la historia de Irlanda (4) . Contribuyó de manera significativa en la
"Description of Ireland" y en la "History of
Ireland under Henry VIII" (5) . La afinidad de ambos era total (6). Tras la etapa de preparación académica,
y durante su retorno a tierras irlandesas, trabajó para Gerald
Fitzgerald, Conde de Kildare (1515-1585), especialmente como
tutor de su hijo Garret con el que entabló una profunda amistad (7). Este Garret, muerto infortunadamente en
1580, lo acompañó en su regreso a Londres en 1575 y permaneció
siempre cerca de él (8).
Stanihurst estuvo casado en dos ocasiones. Su primera mujer,
Janet, era hija de Sir Christopher Barnewall. En Agosto de 1579
esta joven muchacha, de apenas 19 años, falleció durante el
parto de su primer hijo. El suceso afectó profundamente a
Richard y le hizo entrar en unos meses de fuerte crisis anímica.
En 1581 la violenta muerte de Campion, ejemplo evidente de la
creciente presión contra los católicos, le invita a abandonar
Inglaterra para establecerse en los Países Bajos, decidiéndose
además por la defensa activa de la autoridad Papal. Allí entró
en contacto con otros relevantes personajes de origen inglés e irlandés,
como el promotor de los "Irish Colleges" holandeses
Christopher Cusack, el jesuíta Nicolás Comerford (1544?-1599), el teólogo Peter Lombard (1554-1625), el fundador de los "Irish Colleges" de Douai y Lille Ralph Cusack, o los oficiales Sir Garret Moore y Sir William
Stanley.
En 1582 publicó en Leiden una popular traducción en versos
ingleses de la "Eneida" y dos años después
un comentario sobre las gestas irlandesas, su obra más conocida (9) . Se trata de un tratado histórico cuyo
análisis está comenzando a realizarse de forma profunda y
sistemática por parte de los especialistas (10) . En aquel tiempo resultó un texto polémico por
su fuerte carga ideológica. El punto de vista desarrollado fue
criticado por Barnaby Rich en la "New Description of Ireland"
(1610), por Geoffrey Keating en su "General History of
Ireland" (1723) y por Sir James Ware. El motivo fue
su defensa de la identidad católica irlandesa, de un gobierno
local y de una administración autónoma. La base de tal reclamo
radicaba en las crecientes diferencias generadas en Irlanda con
motivo de la problemática asimilación de las nuevas ideas
religiosas anunciadas por los Protestantes. Stanihurst se
identifica con los numerosos irlandeses de tradición Católica
Romana, a los que denomina "Old English" (11). Frente a ellos contrapone un proceder
transgresor por parte de los reformadores o "New English"
(12). Nos encontramos en muchos párrafos
reclamos evidentes de autonomía para su región, cuyo eco se
ampliará a lo largo del siglo XVII con motivo de la progresiva
manipulación política fomentada por los movimientos del
reformismo religioso protegido por la corona de Inglaterra,
culminados con la legislación anti-católica de 1613-1616 (13) .
Stanihurst se instala en Lieja y en el entorno de Bruselas,
Antwerp (14), Charleroi, Lovaina, Maastricht (tomada
por los españoles entre 1579 y 1632). Se encuentra justamente en
el área de Flandes más vinculado al Catolicismo y a la Corona
católica por excelencia en aquel momento, la española (15). En este período conoce a su segunda
mujer, Helen Copley de Surrey, una inglesa católica exiliada con
varios familiares a la ciudad de Dunkerque. De su matrimonio
nacieron dos hijos: Peter y William (16).
La convencida devoción de nuestro autor resulta evidente en sus
"Psalmi, Litaniae et Orationes" de 1597 (17), así como en la inédita "Margarita
Mariana" fechada en 1600 (18).
Su segunda mujer muere en 1602 y Stanihurst, a sus 55 años,
decide tomar los hábitos de la Orden de San Benito. Se estableció
en un convento benedictino de Bruselas, oficiando como capellán
del Archiduque Alberto de Austria (1559-1621) e Isabel Clara
Eugenia (1566-1633), soberanos de los Países Bajos (19). Durante este tiempo publicó varios
tratados sobre teología (20).
Falleció en Bruselas en 1618.
II - Stanihurst alquimista.
La figura de Richard Stanihurst está todavía por examinar en profundidad. Sus textos como historiador de Irlanda y como traductor de Virgilio han sido los que mayor interés han despertado hasta el momento entre los investigadores. El "University College Cork" irlandés viene promoviendo desde su "Centre for Neo-Latin Studies" un extenso proyecto dirigido por la profesora Margaret Lantry para el análisis detallado de cinco aspectos poco apreciados de su producción literaria:
Dentro de todos estos puntos la
faceta de alquimista es posiblemente la menos conocida. El motivo
de esta inadvertencia radica en la escasa documentación que se
ha descubierto hasta el momento. A día de hoy el principal
referente es un corto tratado suyo dedicado al monarca español
Felipe II (1527-1598), redactado en castellano y titulado "El
Toque de Alquimia" (21) .
Está planteado como un breve manual en el que se exponen al Rey
los detalles que deben examinase antes favorecer la obra de
cualquier alquimista. Viene a ser un código normativo pensado
para orientar la labor del inversionista, o socio financiero, en
materia de alquimia.
En este corto escrito Richard Stanihurst nos señala la fecha en
la que comenzó su interés por este tema. Según comenta, su
recelo se vio tornado en vivo interés en el año 1578 cuando, en
la ciudad de Londres, un individuo llamado "Garnet"
realizó en su presencia catorce transmutaciones de cobre en
plata (22) . El dato coincide con su estancia en la
capital inglesa entre 1575 y 1581. Las referencias posteriores
son escasas.
En su "De rebus in Hibernia Gestis" de 1584,
al hablar del aguardiente destilado en tierras irlandesas, lo
denomina "aqua vitae", expresión latina que puede ser
una variación del gaélico "uisce beatha". Según
explica, en algunas partes de Irlanda este tipo de licor recibía
el nombre jocoso de "hijo del rey de España", sin que
quede claro el sentido de la ironía. Es posible que las
propiedades atribuidas a esta substancia guarden también algún
tipo de relación con las descripciones de los tratados
medievales sobre el "aqua vitae", donde aparece bajo la
condición de una potente medicina obtenida por la destilación
del vino: "Potus ex vino ignito: Utuntur, pro panchresto
medicamine, ignito quodam vino, nullo alio liquore permixto, quod
communiter Aqua vitæ dicitur, cuius ardore cibus facilior ad
concoquendum redditur. Hoc potionis genus intimo artificio
dinstillant: adeò ut, flammula admota, totum, quasi bellicus
pulvis, raptim ignescat. Ingentem vini vim emunt in vicinis
opidis, Hispani præsertim: quod regis Hispaniarum filium, per
risum ac iocum, solent nominare. utroque temeto, epotis plenis
nophoris, se obruunt" (23) . En un folleto titulado "The Commodities of
Aqua vitae" sus especificaciones sobre las cualidades
de estos destilados con bastante más exageradas: "Being
moderatlie taken, saith he, it sloweth age, it strengneth youth,
it helpeth digestion, it cutteth flegme, it abandoneth
melancholie, it relisheth the heart, it lighteneth the mind, it
quickeneth the spirit...it keepeth and preserveth the head from
whirling, the eies from dazeling, the toong from lisping, the
mouth from maffling, the teeth from chattering, and the throat
from rattling; ...it keepeth the stomach from from wambling, and
the heart from swelling, the bellie from wirtching, the guts from
rumbling, the hands from shivering and the sinews from shrinking,
the veines from crumpling, the bones from aking, and the marrow
from soaking" (24).
Que sus lecturas alquímicas eran habituales lo confirma una
alusión a Teofrasto Paracelso introducida en una larga
disquisición sobre el fuego en el "De Rebus in
Hibernia Gestis": "Quin etiam ipse
Paracelsus, medicorum, ut eius fautores gloriantur, deus, ne per
transennam quidem, hanc nostram deam adspexit: dumque D. Thomæ
sententiam lucifugus Andabata reprehendit, suam inscientiam
manifestò prodit. [Insertado en el margen: Doctorum
acutissimus Thomas defensus]. Nam & inibi, ut sæpius
alibi, veritatem mendaciis Paracelsus contaminat; & qui sit
de hoc igne, prorsus in media Philosophia retruso atque abdito, D.
Thomæ sensus, in eius mentem & sensum non intravit. præposterè
verò adversarium refellis, cuius mentem perperam intelligis"
(25). Concretamente introduce una observación al capítulo
XIX ("Sobre el Fuego Secreto de los Sabios") del
tratado "Aurora Philosophorum" (26) .
Su habilidad e interés por la experimentación parece alcanzar
con el tiempo un cierto grado de relevancia entre otros
aficionados a la alquimia de su entorno social. De esta manera se
explica una segunda anécdota que encontramos en el "Toque
de Alquimia" según la cual un hombre afincado en Lyon,
llamado Francisco Vanguel, acudió ex profeso a su casa para que
ensayara personalmente: "...un cierto polvo roxo que
echandole sobre una onça de azogue [...] convirtio todo
en oro purissimo..." (27) .
III - Viaje al Monasterio Escurialense.
Para comprender los motivos de la estancia de Richard Stanihurst en España es preciso adentrarse en el ambiente que precedió a su viaje, especialmente en los aspectos más significativos de la asistencia sanitaria que rodeaba a Felipe II.

Retrato de Felipe
II en su declive físico, por Juan de Pantoja
© Biblioteca del Monasterio de El Escorial (Madrid).
Detalle : El rostro refleja su deterioro general, muy patente
desde 1585.
III. 1 - Detalles sobre la aproximación del "modus chymicus" al sector sanitario de la corte filipina.
Partimos de la base, ampliamente
documentada, de que la mayor parte de los tratamientos aplicados
al monarca y a su familia estaban prescritos por Médicos de Cámara
o de la Real Casa del tipo de Valles de Covarrubias, Lázaro
Soto, Villalobos, Gutiérrez de Santander, Cristóbal de Mena,
claros exponentes del galenismo humanista. Sus terapias se
basaban en la aplicación sistemática de purgas y sangrías
conforme a la teoría humoral del momento (28) . La conveniencia de estos procedimientos resulta
hoy muy cuestionable y nos hace comprender la fama de poco
eficaces que tenían popularmente los galenos en la España del
siglo XVI (29) . Los grandes beneficiados del bajo índice
de efectividad eran los representantes de una terapéutica
marginal, apartada de los estamentos sanitarios oficiales.
Sabemos que para la cura del príncipe Carlos de un grave
traumatismo craneal, sufrido al caer por la escalera de su
palacio en Alcalá de Henares, se recurrió a cierto curandero
morisco, apodado "Pinterete", y se trajo en procesión
hasta su habitación el cuerpo del Santo Fray Diego. Abundando en
los presuntos valores milagrosos de los santos católicos el
propio Felipe II, ya un tanto desesperado en los últimos años
de su vida por sus padecimientos físicos, se hizo rodear de
cientos de reliquias. Pedía verlas junto a su lecho o que fueran
colocadas en las partes mas doloridas de su cuerpo (30) .
Un caso especial dentro de estas expresiones heterodoxas era el
de la alquimia, precisamente el que aquí nos interesa. Decimos
que era especial porque no podemos hablar de un movimiento
puramente extraacadémico. A lo largo del siglo XVI las prácticas
médicas y farmacéuticas oficiales van incorporando lentamente
toda una serie de procedimientos alquímicos concretos a partir
de cuatro fuentes básicas:
La repercusión de estos
diferentes compendios en la centuria del XVI se asienta tanto en
la vulgarización como en la difusión que tuvieron gracias a la
imprenta (35). La asimilación general en medicina de
las nuevas prácticas será con el tiempo un tema plagado de polémicas
y agrios debates.
Tal y como vamos a argumentar la llegada del dublinés Stanihurst
se comprende gracias a una inclinación del Rey por reforzar el
sistema terapéutico que lo arropaba en caso de enfermedad, un
interés que iría en progresión constante en los últimos
veinte años de su reinado y que lo llevó a tocar todo tipo de
campos. En este sentido, dedicaremos nuestras observaciones al
entorno del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, refugio
favorito del monarca en su última etapa (36). Allí se instalaría Stanihurst para desarrollar
la tarea que le fue encomendada.
III. 2 - Equipamiento inicial del monasterio escurialense: La primera botica monacal.
Durante el período que
comprende la construcción del gran monasterio las prestaciones
farmacéuticas demuestran una finalidad local acompañada de un
sentido de la asistencia general y abierto. Desde el año 1573
contaba el edificio en obras con una botica emplazada en los
bajos de la enfermería. Estaba dirigida por el fraile Francisco
de Bonilla (?-1614) (37). Era
un recinto con un almacén espacioso para guardar las materias
primas vegetales bien clasificadas, una rebotica y seis salas
independientes de diverso uso. Sus características y el personal
implicado en ella responden a las necesidades de la enfermería,
la Hospedería de la Compañía y del servicio regio (38). De igual modo prestaba atención a las
solicitudes de los habitantes de la zona, conforme a lo que venía
sucediendo en otros locales similares (39). Es más, se sabe que el P. Francisco de Bonilla
entendía su oficio como una ayuda general, nunca privada, según
su opinión su práctica era: "...un nuevo sacramento de
socorro a los pobres" (40).
Es importante recalcar que Francisco de Bonilla no es el típico
monje de botica de corte netamente autodidacta sino que, según
las "Memorias Sepulcrales", se trata de un "...boticario
examinado y que sabía suficientemente lo que bastaba de este
menester" (41). El
"Examen apothecarium", de inspiración galénica,
implicaba un buen conocimiento de los vegetales, su identificación
precisa, su correcta recogida y la adecuada elección de sus
partes. Junto a las descripciones botánicas de los simples debía
estar ejercitado en las preparaciones farmacéuticas más comunes
(píldoras, polvos, jarabes, ungüentos, colirios, cocimientos,
etc.), así como advertir su período de conservación. En
definitiva, partimos de la base de que se trata un técnico
experto, de hecho sabemos que al monasterio escurialense se trajo
lo más selecto de la Orden Jerónima en todos sus puestos claves.
Es evidente que su elección no fue azarosa pues Bonilla era,
además, un hombre entregado a sus menesteres, vivía
intensamente su profesión, reconcentrado, en contacto permanente
con los medicamentos simples (42).
III. 3 - Recopilación de "libros de secretos medicinales".
Un primer apoyo regio vino con la reunión de manuales novedosos sobre terapéutica. En este sentido la Biblioteca Escurialense era un recinto privilegiado, ya que por orden especial del inquisidor general Don Gaspar de Quiroga se podían conservar en ella libros prohibidos por los catálogos del Santo Oficio sobre materia médica, farmacología, cirugía y alquimia (43). Entre las adquisiciones más interesantes para el tema de nuestro artículo se cuentan los "libros de secretos medicinales". Dentro de este género podemos citar autores del tipo de Girolamo Ruscelli (seudónimo: Alessio Piamontese), Isabella Cortese, Pietro Vario, Giovanni Marinello, Giovanni Battista Zapata, Benedetto Vittori, Angelico Vespasiano, Vintentio Laureo, Francesco Ricci, etc (44). Alcanzaron gran fama en el siglo XVI por toda Italia y en el entorno mediterráneo. Eran llamados "profesores de secretos" (it: professori de'secreti). Se mostraban ante el público como renovadores y empiristas. La etiología de su obra radicaba en la afirmación de la superioridad de la experiencia respecto a la teoría abstracta. En lo referente a su base epistemológica, concebían la búsqueda del conocimiento como una "caza" (lat. Venatio) de procedimientos secretos (45). Los "secretos" podían ser desde fármacos o recetas propuestas como originales (en realidad muchas eran refritos de antiguos formularios medievales) hasta nuevas técnicas experimentales que pretendían renovar procedimientos clásicos. Su originalidad y su éxito en la terapéutica renacentista radicaba en que no estaban limitados por las normas del galenismo o de autoridades clásicas, sino que se mostraban abiertos a recoger aportaciones de todo tipo de fuentes. El concepto de búsqueda agresiva o Venatio dirigida en todas direcciones tuvo como principal inconveniente el maridaje de algunos autores con materias poco transparentes, por ejemplo, la "Magia Naturalis" o el curanderismo popular. Este hecho, junto con la falta de criterios homogéneos entre los autores, de definición corporativa y de formas fluidas de institucionalización en su enseñanza hicieron que la mayor parte de los "libros de secretos" fuesen rodeados de cierta atmósfera de charlatanismo, considerados por la medicina oficial como una especie de subgénero (46). Sin embargo el aire funcional con el que eran presentadas las conclusiones en este tipo de compendios resultó muy atrayente para el hombre de los siglos XVI y XVII. Su transcendencia en el ejercicio sanitario de la época es innegable, pues sirvieron de centones prácticos a ciertos médicos de tendencia empirista, cirujanos y boticarios. Son obras que se beneficiaron, sin duda, del creciente interés por avanzar en la búsqueda de nuevos remedios para el tratamiento de patologías tradicionales que la medicina establecida no solucionaba de manera sistemática. Como ya indicara Gesner, estos autores, a diferencia de los médicos oficiales, eran mucho más receptivos al uso generalizado de las destilaciones para la producción de fármacos más potentes y, de igual modo, incluían sin reparo abundantes materias minerales en sus preparados (47). En no pocos casos nos encontramos con verdaderos éxitos editoriales que conocieron numerosas reimpresiones y traducciones a varios idiomas. Son libros de patente vocación populista, vendidos en las plazas de las ciudades italianas por los "montibanchi" y los "ciarlatani" con gran farándula. Bien diseñados como instrumentos de negocio, muchos incluian la dirección del autor, o de algún local concertado, para que se acudiera allí a comprar los medicamentos descritos. Animaban a sus lectores deslizando los nombres de aquellas personas que ya habían sido sanadas. Algunos redactores añadían un grabado con su rostro para poder ser identificados (Domenico Legati, Saccardino, Lorenzo Leandro, Fioravanti, Francesco Ricci, Benedetto Persiano, etc.). Tal y como ha demostrado William Eamon el foco de venta más conocido era la ciudad de Venecia, concretamente la Plaza de San Marcos (48). En los años setenta el propio Felipe II ordenó traer de allí algunas de estas obras (49).

Biblioteca del
Monasterio de San Lorenzo, El Escorial (Madrid)
Fotografía del autor (año 2000)
III. 4 - El "professori de` secreti" Leonardo Fioravanti.
Un paso más en la búsqueda de medicamentos novedosos viene significado por la invitación a la corte madrileña del más célebre de los "profesores de secretos" en las posesiones españolas de Italia, nos referimos al boloñés Leonardo Fioravanti (1517-1588) (50) . Su llegada tuvo lugar en 1576 y, según declaración propia, se trató de una iniciativa personal del Rey para que instruyera a la asistencia de la corte en la preparación de aquellos medicamentos cuyo proceso de elaboración era desconocido: "... y haviendo venido de Italia para hacer la experiencia y haviéndome el consejo de estado [...] por su magestad mandado que hiciesse la experiencia con los dichos medicamentos y no hallandolos aquí ny sabiéndolos hacer necesariamente..." (51). Trajo una parte de sus libros con el fin de explicar personalmente todos los procedimientos que contenían y, al mismo tiempo, se dedicó a ejercer por su cuenta con aquellas personas que solicitaban sus remedios. Sin embargo, apenas tres meses después los médicos reales se echaron encima. Su actitud era considerada escandalosa y le imputaron los siguientes cargos:
Los argumentos esgrimidos por Fioravanti fueron escasos. Reconoció el óbito de uno de sus pacientes, aunque siempre discutiendo que fuese por acción de los preparados ingeridos. Confesó no dominar el latín alegando que los "grandes maestros de la medicina", Galeno, Hipócrates o Avicena, escribían en sus propias lenguas, como él mismo (52) . Aunque su defensa no era demasiado consistente consiguió salir airoso gracias sobre todo a su condición de invitado del Rey (53). Su trato en los ambientes cortesanos parece que no fue el mismo desde entonces. Evitó permanecer mucho tiempo en Madrid viajando en busca de "experiencias" hasta Barcelona, Pamplona, Sevilla y Salamanca. Se centró sobre todo en estudiar las propiedades de los productos venidos del Nuevo Mundo, especialmente del tabaco. En 1577, escasos meses después de su llegada, regresa a tierras de Italia (54).

"The Medical
Alchemist", óleo de Franz Christoph Janneck, (1703-1761).
© Fisher Collection, Chemical Heritage Foundation.
Apoyado en un voluminoso libro el alquimista muestra una de sus
medicinas a su anciana paciente mientras un joven aprendiz aviva
el fuego del destilatorio.
III. 5 - La ampliación de la botica escurialense: El nuevo laboratorio de destilados y los profesionales del "Arte Separatoria".
A finales del siglo XVI, más
concretamente desde la década de los ochenta, se inicia una
grave sucesión de acontecimientos en la familia de Felipe II. Su
esposa, Ana de Austria, fallece en 1580. Era su cuarta mujer,
precisamente aquella que, tras la prematura desaparición de
Margarita de Valois y del príncipe Carlos, debía darle el varón
que continuara la dinastía. Sin embargo los cuatro infantes que
tuvo con ella parecían haber heredado la fragilidad materna (55) . Fernando, el primogénito, murió en
1578. Diego en 1582, con siete años de edad. Solamente unos
meses después, ya en 1583, la fatalidad se cebó en la pequeña
María de apenas tres años. Los niños enfermaban, morían, y
aparentemente nada podía remediarlo. Todas las miradas se
centraron entonces en el niño Felipe (1578-1621), futuro Felipe
III, marcado por el mal agüero debido al cúmulo de desgracias
que habían rodeado la presencia en la corte de su madre y
hermanos. Es lógico pensar que se trataba de sucesos que
debieron afectar intensamente al Rey ya que, según sus biógrafos,
él mismo era: "...padre de familia amantísimo que
recuerda las menores cosas de sus hijas, las muy amadas, y en
menor grado de los tres pequeños..." (56). Al natural sufrimiento paterno se unía
una cuestión de necesidad no desdeñable, a saber, la exigencia
de un heredero que asumiera el poder con una salud que le
garantizase cierta estabilidad y continuidad (57). Como resultado, a mediados de los ochenta las
dudas debieron acosar al Rey en el sentido de asistir la
naturaleza débil de su único hijo varón en aquel momento. Un
nuevo fracaso en este objetivo, similar al sucedido previamente
con el príncipe Carlos, le enfrentaba a la posible urgencia de
un quinto matrimonio y de nueva descendencia. Todo a una edad ya
considerable.
Por otra parte el propio Felipe II debía cuidar su propio estado
personal si quería participar directamente en la formación de
su heredero, ya que desde su convalecencia de 1580 los síntomas
de sus enfermedades se iban agravando. Sin embargo la situación
no le debía resultar muy tranquilizadora, pues presentaba un
cuadro clínico ciertamente preocupante. Su vitalidad estaba
deteriorada y los achaques se iban complicando sin solución
aparente. Las patologías que nos encontramos resultan
desalentadoras para aquella época (58) . Ciertamente cuenta con reputados galenos en la
corte, algunos de los cuales llegan a idear terapias paliativas
para afecciones concretas, pero ninguno ofrecía un remedio
estable a sus problemas crónicos, entre los que destacaban
terribles ataques de gota. Esta dolencia le causó un tortuoso
viaje en 1585 cuando marchó a Cataluña para despedir a su hija
Catalina Micaela. En apenas unos años el Rey permanecerá en
cama hasta bien entrado el mediodía. Solamente es trasladado a
una silla de ruedas algunas horas de la tarde. Los documentos
reflejan que cualquier tipo de movimiento brusco, por supuesto
cualquier golpe, e incluso el roce de las sábanas de su cama le
producían un intenso dolor. Se llegó a idear un sistema de
anillos metálicos con el fin de que las mantas lo cubrieran sin
dejar caer el peso sobre su cuerpo (59) .
No puede extrañarnos que el Rey opte en aquellos años por
incrementar sus recursos terapéuticos, focalizando su acción en
su residencia más querida, el Monasterio de San Lorenzo de El
Escorial. Así, una vez terminadas las obras generales del
Monasterio en septiembre de 1584, Felipe II decide, con fecha del
6 de mayo de 1585, una substancial mejora de la botica monacal
con la construcción de un gran laboratorio adyacente para
destilaciones, incluyendo un sótano y dos plantas divididas en
varios departamentos. La parte arquitectónica se termina en 1587.
Para dotar adecuadamente el nuevo proyecto se solicita la
presencia del destilador napolitano Juan Vincenzo Forte que
empieza a encargar, recopilar y organizar todo el utillaje:
hornos, trébedes, calderas, centenares de alambiques, vasijas,
redomas, hornillos, matraces... (60) . Junto a esta profusión de herramientas comunes
se incluyó un conjunto de aparatos más sofisticados,
principalmente basados en los apuntes difundidos en los libros de
Pietro Andrea Mattioli. Entre los artilugios más destacados hay
un horno de destilación por baño de vapor con el que se podían
obtener grandes rendimientos gracias a su disposición en gradas
(hasta 95 litros diarios); una "mesa" de importante
capacidad (32 vasos) pensada para optimizar los resultados en las
separaciones más generales; un circuito extendido para librar de
impurezas y sutilizar los aceites esenciales, este tipo de
ingenio trabajaba con temperaturas bajas y sin duda estaba ideado
para procesos largos, del orden de varios días o semanas;
finalmente un sistema de cajones para alambicar vegetales u
obtener aguardientes, trabajaba con un sencillo baño de vapor (61). Para diseñar los dos últimos se trajo
al mejor técnico en la materia de toda España, el maestro
destilador Diego de Santiago (62).
Este período de equipación y acondicionamiento, así como el
adiestramiento del boticario Bonilla en el manejo de todos los
nuevos aparatos, su control, y en la optimización de los
diferentes procesos de destilación, se prolonga algo más de
tres años (63). Termina hacia finales de 1591, fecha en
la que Forte solicita un regreso a Nápoles por una temporada (64). Es muy probable que Diego de Santiago
también abandonase El Escorial entonces, pues en aquella fecha
reclamó una compensación por todos sus servicios (65) . El resultado fue un recinto dotado con
un instrumental de avanzada tecnología en lo concerniente a los
procesos de destilación. Tal y como ha señalado Juan López
Gajate a partir de los documentos rescatados por él la función
de la nueva estancia estaba desde sus comienzos: "...íntimamente
relacionada con el sistema sanitario que buscaba [Felipe II] para
su Monasterio" (66). El
tratamiento de cualquier enfermedad sería más efectivo si se
contaba con lo considerado mejor en fabricación de potentes
medicamentos y productos quimioterápicos. La disposición del
Rey en dotar este laboratorio con tanta cantidad de medios queda
reflejada de forma explícita en las memorias sepulcrales del
monasterio escurialense, concretamente en la referida al
boticario Francisco Bonilla, donde podemos leer: "...Su
Magestad mandóle diesen lo que pidiere; no fue en esto escaso
que, a su instançia y petiçión se hicieron el quarto, piezas y
aposentos que sirven para la Botica y destilaciones, y quantos
alambiques, instrumentos, herramientas y xarçias que ay en esta
oficina, que son muchas. Era tan cuydadoso de su ofiçio que lo
tuuieron los demás por importuno y molesto, sólo Su Magestad no
se cansaba: antes gustaba pidiese lo que era neçesario y
particularmente en orden a las destilaciones y quintas esencias,
que por esto hizo venir aquí algunos oficiales estrangeros que
las sauían" (67).
III. 6 - La "Chymia" (68) de Richard Stanihurst.
En enero de 1592, con el nuevo
laboratorio completo, llega uno de estos "oficiales
extranjeros", Richard Stanihurst, dublinés afincado en
Lieja (69).
La razón por la cual era conocido en la corte madrileña no está
clara. Sabemos que había personajes originarios de Flandes
trabajando para el monarca español en muy variados oficios,
incluso algunos de ellos se habían incorporado previamente a
labores relacionadas con la terapéutica en el Monasterio de San
Lorenzo. Tales fueron Frank Holbek (en los documentos españoles:
Françisco Holbeque), Joost Fraye (Juste de Fraye o
Juste Frayeye) y Antoine Kannegieter (Antonio Canegieter
o Canexieter) (70). De
entre el personal de la corte solamente Henri Cock, compañero
del cronista Jehan L'Hermite, lo cita brevemente en una carta
personal definiéndolo como: "...católico de vida recta
que no resfría la devoción, sabe muchas maneras de proceder según
los libros del arte chimica que él tiene..." (71).
No obstante, la reputación médica de Stanihurst ya era conocida
por la Corte española desde algunos años antes. En 1587 Felipe
II recibió un informe sobre veintidós curaciones obradas por el
irlandés entre miembros del ejercito español destinados en la
ciudad de Dunkerque. He aquí algunas de las descripciones: "Don
Antonio de Luna, sobrino de Carlos de Luna, padeciendo de un cólico
mortal y fiebres altas durante treinta días. Tomó la poción y
curó en una noche [...] El Capitán Pedro Pardo de
Aguiar, esperando recibir la extrema unción por estar en peligro
de muerte a causa de un ataque al corazón y unas fiebres, tomó
la poción y en menos de veinticuatro horas pudo salir de la cama
[...] Duarte Núnez, Teniente de Don Carlos de Luna,
padecía de graves mareos, no habiendo podido dormir en muchos días,
fue curado de todos sus achaques por la poción" (72).
Según la propia declaración de Stanihurst, conservada en el
tratado "El Toque de Alquimia", su presencia se debe a:
"...el mandato de V[uestra] Ma[gesta]d en
haçer ciertas curiosidades que se contienen en aquella parte de
la philosophia natural que se dice chimica..." (f. 248v)
. Reconoce una dualidad de objetivos para los alquimistas, a
saber, preparación de medicamentos para el hombre y transmutación
de los metales, aunque privilegia la condición terapéutica, a
la que coloca en primer lugar y sobre la que confiesa haber
enviado varios memoriales al Rey (73). Estos objetivos encajan perfectamente con la
finalidad sanitaria del laboratorio de destilados.
Sus primeras ocupaciones se reflejan en su correspondencia con el
filósofo, teólogo y filólogo Justus Lipsius (1547-1606) (74). En una de sus cartas, enviada el 1 de
febrero, aclara que está en España en calidad de invitado de
Felipe II, debiéndose su presencia a "...asuntos de su
Servicio Real, que desea emplearme aquí...", lo que
parece sugerir una recomendación por parte de alguna persona
cercana al servicio sanitario del monarca (75). Los documentos conservados son muy escasos y
todo indica a que su estancia fue mantenida con cierta discreción
(acaso como contraste a otros invitados del tipo de Fioravanti),
ajustada en un principio al adiestramiento del monje Bonilla, y a
sus entrevistas con el Rey, enfermo de gravedad e interesado
en conocer los medicamentos obtenidos. En este sentido parece
haberse escogido la antítesis del boloñés populista, facundo y
enfrentado en buena medida a los estamentos oficiales. En dos
cartas enviadas los días 2 y 16 de Agosto de 1593, actualmente
conservadas en el archivo del Colegio de Ingleses de Valladolid (Royal
College of St. Alban), el propio Stanihurst nos confirma
nuestras sospechas sobre la naturaleza de sus experimentos.
Indica que está instalado en el laboratorio de destilados del
monasterio. Hace notar el vivo interés de Felipe II quien, al
parecer, le había pedido que instruyese a su servicio cortesano
en la preparación de algunos medicamentos químicos,
especialmente sobre su "pócima" de tan exitoso
resultado en Dunkerque. Según declaración propia su labor era
considerada "alto secreto". Hasta que no se
completase totalmente no estaba autorizado a revelar los pormenores de su proyecto a nadie ajeno al trabajo de laboratorio.
Este detalle parece estar en relación con la grima que
despertaba su actividad entre buena parte de los Médicos de Cámara.
Aunque no da nombres sí apunta que, por aquellas fechas, los
galenistas estaban intentando persuadir al Rey de que no visitase
el lugar de trabajo de los destiladores, algo que hacía de vez
en cuando para observar el desarrollo de su inversión. Al
parecer argumentaban que el trecho que iba de las habitaciones
reales hasta el laboratorio era muy largo y lo consideraban un
esfuerzo grande para él. Viendo que no se echaba atrás le
indicaron el peligro de permanecer en una estancia llena de
fuegos y "aguas fuertes" . El dublinés opina
que se trataba de motivos irrisorios, le sorprendía esta actitud
hostil. En su segunda misiva apunta que las visitas de Felipe habían
cesado debido a una fuerte recaida en su enfermedad aunque, según
aclara, lo vío participar en las procesiones los dias de San
Lorenzo y de la Ascensión (76) .
Desde 1594 su función en la corte parece ir además por
derroteros algo diferentes de los del laboratorio. La completa
preparación académica de Stanihurst no pasó desapercibida. Su
extensa cultura queda reflejada en su dominio de varios idiomas,
latín, griego, inglés, francés, castellano; era conocedor de
la literatura clásica, de la filosofía aristotélica, platónica
y neoplatónica. A todo ello unía su valía en disciplinas
relacionadas con el terreno político-religioso, pues era
competente en las leyes del Derecho y estaba versado en las
disputas teológicas relacionadas con el contrareformismo. Se le
solicitó asesoramiento sobre los personajes que poblaban la
Corte isabelina, las posiciones anglosajonas contra en
catolicismo en Irlanda y en los Países Bajos, etc. Vemos que va
ganando peso específico dentro del entorno regio como consejero.
Se nota que sus relaciones en El Escorial fueron buenas, no sólo
con Felipe II, sino también con su hija predilecta Isabel Clara
Eugenia quien, años después y ya tomados los hábitos
clericales haría de él su capellán en tierras flamencas (77). El aprecio del Rey por la labor de
Stanihurst queda reflejada en una carta fechada el 4 de Abril de
1595 conservada en Valladolid, Archivo General de Simancas,
Seccion de Estado, legajo 174. Va dirigida a Ernesto de
Wittelsbach (ca. Ernst von Bayern), Arzobispo Elector de Colonia (1554-1612), personaje
sobre el que comentaremos algunos detalles más adelante. Felipe
II se dirige a Ernesto mostrando su complacencia por los años que
Stanihurst había permanecido entre su servicio. Destaca de él tanto su
preparación en ciencias teóricas y prácticas como su alto
conocimiento de los "secretos chymicos". Como dato
final sabemos que le fue concedida una pensión vitalicia gracias
a un escrito de reclamación enviado el 3 de Febrero de 1601. Se
refiere a atrasos impagados y puede consultarse en Valladolid,
Archivo General de Simancas, Seccion de Estado, legajo 1743.
IV- El "Toque de Alquimia" de Richard Stanihurst.
IV. 1 - Estudios precedentes.
Este pequeño memorial, al igual que su autor, ha tenido escasa fortuna entre los historiadores españoles. La primera noticia sobre su contenido corre a cargo de José Ramón de Luanco. En sus pasatiempos (así los define él) transcribe brevemente el índice de capítulos. Considera que se trata de un crítico de los alquimistas, y añade la opinión de que: "No niega este autor la posibilidad de la alquimia, más como arte para depurar y purificar los metales que para transmutar unos en otros..." (78) . A partir sus imprecisiones podemos deducir que posiblemente no consultase el manuscrito original y que el índice, con algún tipo de resumen, le fuese proporcionado por una tercera persona, como ya sucede en algunos de sus otros artículos.
Después de Luanco el tratado permanecerá muchos años olvidado. Las escasas referencias que encontramos se basan totalmente de las facilitadas por el químico asturiano (79). Una novedad parte de Juan García Font al realizar una inspección directa del original glosando con largueza las frases que considera más reveladoras. Estos comentarios son su aporte más significativo. Sin embargo se aprecia en él una total falta de interés por identificar al autor y un tratamiento anecdótico del manuscrito. Más que un análisis histórico-crítico nos aventura una serie de apostillas libres de evidente trasfondo sociológico acerca de la picaresca en las transmutaciones metálicas. Puede considerarse una conclusión ciertamente poco atinada el haberlo incluido en un apartado dedicado a "los escépticos" de la corte filipina (80).
El modo circunstancial y anecdótico de abordar el manuscrito es asimilado por Juan Eslava Galán, con el añadido, siempre loable, de incluir una primera transcripción íntegra del original (81) . Ha de advertirse que no se puede hablar, ni mucho menos, de una edición crítica. La aproximación histórica es muy superficial, escasamente documentada, sin profundizar en la génesis y en las fuentes del texto. Tampoco existe cuidado alguno en identificar históricamente al autor, ni por situarlo en el contexto escurialense. En la traslación moderniza las grafías y retoca determinadas estructuras sintácticas sin informar sobre las pautas seguidas con algún tipo de informe codicológico y paleográfico previo.
Siguiendo con el orden cronológico en la aparición de los estudios que citan el "Toque de Alquimia" debemos referirnos ahora al norteamericano René Taylor y a su controvertido libro "Arquitectura y Magia" (82). A pesar del reducido trato (catorce líneas glosadas por medio de dos notas) encontramos dos observaciones interesantes. Por una parte decide privilegiar la relación de Stanihurst con las prácticas alquímicas dedicadas a la elaboración de medicamentos y, por otra, se sospecha la vinculación del personaje con Inglaterra (83).
El insuficiente aporte de datos históricos en todos los ensayos mencionados genera con el tiempo indefinición y hace brotar la fantasía entre los comentaristas de criterio laxo. De esta forma se publican libros en los que el buen dublinés se convierte, para nuestro asombro, en un alemán, miembro de un mítico círculo de alquimistas colegiado por Juan de Herrera (84).
El año 1993 conoció el primer
simposium dedicado a "La Ciencia en el Monasterio de El
Escorial" del que se esperaban ponencias sustanciosas (85) . Aquí nos interesan especialmente las
comunicaciones presentadas por Juan Esteva de Sagrera y María
Tausiet Carles. El primero comienza por asimilar un conjunto de
presupuestos junguianos con el fin de establecer una premisa
generalista según la cual: "...la alquimia tiene una
doble vertiente: por una parte es una técnica de laboratorio,
con un utillaje concreto y unas determinadas operaciones químicas
[...] por otra, es una elaboración simbólica, una serie de
contenidos que forman parte de la historia espiritual de la
humanidad, un proyecto de trascender la materia, perfeccionarla,
espiritualizarla para conducirla a un quimérico estado de
percepción [sic] ideal..." (86). Por medio de referencias al psiquiatra Carl Jung
desliza la idea de una alquimia a modo de "proyecto
espiritual", más aún, sugiere que se trata de "...un
movimiento pagano superviviente de la cristianización, que ejercía
un papel compensatorio y corrector del cristianismo" (87). Seguidamente intenta organizar su análisis
proyectando esta condición sui géneris sobre una serie de parámetros
sociales, políticos y religiosos que rodearon el gobierno de los
Austrias Mayores. Insiste sobre todo en recordar la fuerte
identidad católica del reino español. Partiendo de esta analogía
descriptiva Stanihurst es, desde su particular punto de vista,
una pluma que "...cristianiza la alquimia..."
con el objetivo de que el alquimista se convierta a ojos del Rey
en la imagen del buen católico. Esteva nos propone así una
gnoseología general sintética en la que lo alquímico
constituye un sistema de proposiciones derivables de principios
absolutos de base religiosa o numinosa, para los que la Psicología
Analítica crea una terminología peculiar a modo de recurso
taxonómico. En este contexto el pragmatismo palmario que se
aprecia en todo el "Toque de Alquimia" le resulta
chocante, de manera que no nos extraña la dureza de sus
calificativos. En su opinión "...el libro no tiene otro
interés que su planteamiento práctico..." y le parece "...intrascendente
desde el punto de vista de la historia de la alquimia..."
(88).
Llegamos ya al último estudio, se trata del realizado por María
Tausiet Carles. Lo hemos dejado para el final porque nos parece
el que más aporta a la historiografía alquímica española de
entre los que han caído en nuestras manos (89) . La autora busca dar a su trabajo una
perspectiva variada focalizando sus observaciones en aspectos
históricos, sociológicos y psicológicos. Entre los primeros
encontramos varias novedades. Determina la identidad del autor,
al que denomina "...el irlandés Richard Stanyhurst..."
, y aunque no nos aclare el origen de sus datos es evidente
que son correctos, pues también matiza que era un "...católico
exiliado de la Inglaterra isabelina...", e incluso
precisa que su estancia en El Escorial va del año 1592 a 1595 (90). Sin embargo la contribución más
significativa para el historiador, y la que nosotros más
celebramos, es una nueva transcripción del original en la que se
advierten unos criterios de edición mucho más fieles que los
seguidos por Eslava Galán unos años antes.
Los conceptos sociológicos relacionados con la fiabilidad de las
personas dedicadas a la fabricación de metales nobles, tema
central del "Toque de Alquimia", es llevado por Tausiet
al terreno de la distinción entre lo lícito y lo ilícito en
las ciencias ocultas de los siglos XVI y XVII: "...de ahí
que se hablara -comenta ella- de dos tipos de magia (natural
y negra o diavólica), y de dos tipos de astrología (verdadera y
falsa), y también, claro está de dos tipos de alquimia. El
problema no concluía con el hecho de que la falsa alquimia fuera
un invento destinado al engaño y a trampa, se trataba también
de discernir si estaba además amparada por el diablo..."
(91). La autora nos conduce de esta forma al
debate sobre las supersticiones en la sociedad española del
quinientos, tema del que ya conocemos varias de sus diferentes
incursiones (92).
De un modo más confuso el artículo se adentra en los ambientes
de la psicología para determinar el "...carácter ecléctico
del autor..." basándose en la variedad de autoridades
aludidas en el tratado: Paracelso, Galeno, Avicena, Mattioli, Ramón
Llull, Alcuino de York... (93) .
Por métodos similares ve en él una persona que aborda con gran
moderación el problema, básico para Tausiet, de la credulidad
en la alquimia (94). Ya en un proceso argumentativo mucho más
desdibujado reflexiona acerca de un supuesto trasfondo oculto en
la relación entre el Rey y Stanihurst, una hipotética iniciación
mística sobre la que dice: "Para quienes, como Felipe II
y el sabio irlandés, admiraban las obras de filósofos como
Llull, la alquimia estaba absolutamente ligada a la
espiritualidad cristiana [...] así, por ejemplo, cuando
se habla de los cuatro grados por los que ha de pasar la materia
hasta llegar a su estado más perfecto [...] cada uno de
ellos correspondía para el alquimista cristiano a una etapa en
la unión mística con Dios..." (95).
IV. 2 - Estudio crítico de la obra.
a.) Descripción codicológica.
Hasta hoy se conoce una sola copia conservada en la Biblioteca Nacional de Madrid (96) . Se trata de la versión original redactada por el autor, dirigida a Felipe II en el año 1593 y compulsada con las firmas del Rey. Se encuentra en un manuscrito misceláneo junto a documentos de finalidad política y administrativa relacionados con la estancia del monarca en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial (97).
b.) La autenticidad del texto.
Este punto resulta indudable. Las firmas reales son evidencias paleográficas incuestionables. La existencia histórica de Stanihurst, también la de los españoles que cita, véase el boticario Francisco Bonilla, está perfectamente atestiguada tal y como hemos visto en la primera parte de este artículo. De igual forma su presencia en El Escorial está documentada entre 1592 y 1595, lo que encaja con el año aportado en la copia. El resto de fechas y descripciones no entran en conflicto con los datos históricos que conocemos de su vida. La transmutación presenciada en Londres en 1578 concuerda con su estancia en esta ciudad entre 1575 y 1581, de igual modo la llegada a Lieja en 1590 del mercader Francisco Vanguel parece conforme con la residencia de Stanihurst en dicha localidad (salvo algunos viajes ocasionales) entre 1581 y 1592.
c.) Etiología de la obra.
En el prefacio dedicado a la "...Catholica Magestad..." explica las causas que motivan la redacción del tratado. Sabemos que Stanihurst fue requerido para formalizar prácticas "chymicas" relacionadas con la confección de medicamentos. Su trabajo, ya lo hemos aclarado, se llevó a cabo en el laboratorio de destilados del monasterio escurialense, básicamente aleccionando al boticario fray Francisco de Bonilla (98). Sus audiencias periódicas con Felipe II, y los diversos memoriales que le envió, son consecuencia de la necesidad que tenía el Rey de estar advertido sobre el estado de sus inversiones (99) . Debe entenderse que no es una exigencia particular de este caso. Felipe II se caracterizaba por solicitar informes constantes a sus colaboradores, en todas las materias, ya fueran administrativas, políticas o gubernamentales, incluso en cuestiones muy secundarias. En el terreno científico le gustaba estar al tanto del provecho sacado a los recursos que ponía a disposición de los especialistas llegados hasta la Corte. Cabrera de Córdoba declara sobre este asunto: "Creáronse y habilitaron con su amparo, y perfeccionaron y florecieron los artífices en gran número con su comunicación, porque de poner una cosa de sí propios a como él la acomodaba, iba el parecer bien o mal. Favoreció los artistas, y premió los eminentes; entraba en sus obradores, y hablaba en lo que les tocaba con ellos..." (100). Los textos remitidos por Stanihurst no implican necesariamente un interés del monarca por la alquimia en sí, sino más bien por estar al corriente de su inversión y por recibir noticias sobre los medicamentos obtenidos. Aclarado este punto previo debe ahora observarse la temática del "Toque de Alquimia", pues a primera vista puede resultar chocante en el contexto descrito debido a que pasa por los aspectos médicos de puntillas. El argumento principal del tratado se centra en definir la alquimia en su conjunto, deteniéndose sobre todo en detalles relacionados con la transmutación de los metales y la fiabilidad de los alquimistas que intentaban ese tipo de acciones. Si el dublinés fue llamado para reforzar el sistema terapéutico del entorno escurialense es obligado preguntase el por qué de este cambio de tema. Para comprenderlo es necesario fijarse en la fecha de redacción del memorial, el 25 de Septiembre de 1593. Cumplía por aquel entonces veintiún meses en El Escorial, casi dos años trabajando en el laboratorio de destilados. El tiempo parece más que suficiente para que hubiera desarrollado con amplitud su tarea aleccionando a los técnicos de la botica. Justamente un mes antes dejaba notar en sus cartas personales la impresión de tener prácticamente terminada la misión que le había sido encomendada (101) . Este conjunto de detalles muestran a un Stanihurst con casi todo hecho en la parcela terapéutica y que, siempre por iniciativa propia, decide enviar a Felipe II un texto sobre un aspecto diferente de la alquimia, el de la crisopeya y la argiopeya. Él mismo describe esta situación cuando dice a modo de presentación: "Haviendo cumplido con el mandato de V[uestra] Ma[gesta]d en haçer ciertas curiosidades que se contienen en aquella parte de la philosophia natural que se dice chimica, me pareció expediente hazer mas amplia demostracion del zelo y afiçion que devo a la persona real de V[uestra] Ma[gesta]d presentando aqueste breve tratado, en el cual se tocan los verdaderos efectos deste arte..." (102) .
d.) Estructura Interna.
Sabiendo que el tratado no le había sido solicitado se entiende que lo plantee como una exigencia personal, interpretando: "...que era parte de la obligacion q[ue] devo a V[uestra] Ma[gesta]d..." (f. 249v). Anuncia una rápida lectura aclarando que ha escrito: "...huyendo de toda prolixidad, a causa de los graves y continuos negocios de V[uestra] Ma[gesta]d usando de tal brevedad que antes de luz que cause oscuridad al lector" (f. 249v). Su propósito parece conseguido. Intenta explicar qué es la chymia y determinar sus variados objetivos. Lo hace siendo consciente de que va dirigido a una persona muy ocupada y no especializada en la materia, por lo que decide sintetizar, dar definiciones breves y descripciones concretas. De igual modo, basta una vistazo general para constatar el ordenado modo de exposición. La obra se organiza a partir de un índice temático repartido en seis capítulos.
El primero es un pequeño prefacio dedicado a "...su Mag[esta]d Catholica" en el que la "chymia" aparece incluida en el conjunto "...de la philosophia natural" (fol. 248v).
Los tres siguientes corresponden
a los tres tipos de prácticas "chymicas"
diferenciadas por Stanihurst. Los apartados dedicados a
aplicaciones terapéuticas son los de menor extensión y remiten
a memoriales redactados con anterioridad.
Así, el segundo capítulo, muy corto, trata: "Del nombre
de alchimia y de su primer efecto, haciendo medicinas que solam[ent]e
curan las enfermedades humanas".
El tercero, algo más prolongado, se dedica al "...efecto
que consiste en una medicina que cura solam[ent]e las
enfermedades de los metales, y de la posibilidad suya".
El cuarto aborda con suma brevedad la "...medicina que cura las enfermedades humanas y las metalicas".
Esta clasificación establecida por el dublinés está basada en enciclopedistas de los siglos XVI y XVII. Según este patrón el "arte [al-]chymico" forma parte de la filosofía natural (más concretamente del estudio de los fenómenos naturales, también conocido como "Physica"), pero además es una disciplina compuesta, que incluye dos variantes diferenciadas por sus objetivos: una se concentra en la preparación de medicamentos específicos para el sanar el cuerpo humano y la otra en la confección de compuestos que logren la transmutación de los metales. Es un punto de vista parejo al del célebre clasificador de las ciencias Johan-Heinrich Alsted (1588-1638) cuando afirma en su "Systema physicae harmonicae": "Ciertamente la ciencia chymica es ya general, ya particular. La chymica general responde al nombre de physica. La chymica particular es, o crisopoetica, tratando de la transmutación; o iátrica, tratando de la medicina, de ahí su apelativo «chemiatria»" (103). Esta distinción entre "chymica iatrica" y "chymica chysopoetica" se corresponde con los dos primeros "efectos" reconocidos por Stanihurst. Ahora bien, el dublinés añade un tercero cuya labor se centra en la obtención de cierta substancia de virtud doble, terapéutica y transmutatoria a la vez, es lo que él define como: "...una medicina que cure las enfermedades humanas y metalicas el cual efecto assi como es el mejor en provecho, lo es tambien el mayor en dignida" (ff. 252v-253r). Se puede decir que con esta tercera opción integra la obra descrita en populares tratados medievales de amplia difusión en la Edad Moderna, tales como el "Testamentum" seudo-Luliano o el "Rosarium Philosophorum" seudo-Arnaldiano, en los que se defiende la obtención del "Lapis Philosophorum", un prodigioso agente universal de transmutación de los metales que también podía ser adaptado en para la cura de enfermedades (104) .
Tras esta explicación sistemática de los objetivos de su práctica reservará el resto del tratado para desarrollar las propuestas anunciadas en el capítulo tercero sobre la problemática en la fabricación de metales nobles. Sin embargo lo hace de un modo especial. No intenta instruir al Rey directamente en las operaciones necesarias para tales fines, bien al contrario asume que la posición de su lector se limita a una labor inversionista y por ello intenta regular una serie de pautas a seguir a la hora de financiar este tipo de procedimientos. Para todo ello dispone los capítulos quinto y sexto.
e.) Estilo de la obra, los temas y su distribución.
Los términos en los que expone
su trabajo corresponden a los de un "noble arte"
favorecido por diversos antepasados de Felipe II. Se centra en
dos nombres: el duque de Borgoña Felipe III (1396-1467), llamado
"El Bueno", y el rey de Nápoles Roberto de
Anjou (1275-1343). Del primero dice que fue alquimista experto,
incluso que: "...haviendo alcançado la perfecçion
della, fue tan rico, y de tanto dinero y joyas que, con su prudençia,
valor y riqueça en su tiempo fue tenido estimado por el terror
de todos los Reyes de Europa..." (105) . Continúa haciéndose eco de una leyenda según
la cual: "...instituyo la Orden del Tuson por el bien
afortunado succeso que tuvo en alcançar la perfecçion deste
arte, y ay autores graves, de opinión que la fabula poetica del
vellocino dorado no fue otra cosa sino que esta secreta sciençia
estava escripta muy a clara, y sin alguna figura oscura en un
libro que estava encuadernado con un cuero de carnero, y que
Jason, curioso del arte, trato amores con Medea, la qual hurto el
libro a su padre y lo dio a su enamorado, con que Jason alcanzo
gran riqueça" (106). El
detalle es muy interesante, pues es el primer tratado del que
tenemos noticia en el que se vincula explícitamente la Orden del
Toisón de Oro con la alquimia (107). En principio Felipe el Bueno, Duque de
Borgoña y Conde de Flandes, creó el 10 de Enero de 1430, en la
iglesia de San Beltrán de la ciudad de Brujas, la Orden del Toisón
de Oro, determinando que fuera "...la más ilustre de las
órdenes de la caballería cristiana". En medio de una
gran tensión política con el Reino de Francia la hermandad
pretendía reagrupar en torno a Felipe a las principales
personalidades flamencas y borgoñonas; buscaba fortalecer y
afianzar su unión en un momento histórico en el que, gracias a
Juana de Arco, la imagen del gobernante francés Carlos VII se
revestía de un hálito sagrado que amenazaba las aspiraciones
independentistas de la corte borgoñona. De igual modo le servía
para evitar un juramento de fidelidad hacia Enrique VI de
Inglaterra quien, apenas unos meses antes, le había invitado a
incorporarse a la prestigiosa Orden de la Jarretera. Felipe
rechazó el ofrecimiento, alegando que planeaba fundar su propia
orden cortesana (108).
Las crónicas de los primeros capítulos reunidos en Lille (1431,
1436), Brujas (1432, 1468, 1478), Dijón (1433), Bruselas (1435),
Saint-Omer (1440, 1461), Gante (1445), Mons (1451), La Haya (1456),
Valenciennes (1473), Hertogenbosch (1481) y Malinas (1491)
evidencian los propósitos de la asamblea: divulgar la soberanía
de la casa borgoñona y afianzar sus alianzas internacionales.
Junto a esta función implícita, eminentemente política, la
misión públicamente reconocida estaba muy bien delimitada,
consistía en hacer revivir la antigua caballería cristiana. Los
estatutos originales de 1430 fijaron 24 miembros de noble cuna.
Se ampliaron a 31 en 1433. Se reunían en torno a la autoridad de
un Gran Maestro, título que solamente podía ostentar un miembro
de la familia de Borgoña. Junto a él se instituyó la figura
del "Canciller", asociada a un alto cargo eclesiástico,
cuyo primer titular fue el obispo de Nevers, Jean Germain. Los
juramentos consistían en la defensa de la Fe Cristiana y una
fidelidad indefectible a la Iglesia de Roma. Entre los motivos de
expulsión se encontraban referencias a la "falta de
valor en el campo de batalla" o la "afiliación
a otras órdenes contrarias", no obstante la mayoría
alude a irregularidades correspondientes al terreno de la religión:
caer en la herejía, favorecer o auspiciar a herejes, traicionar
la autoridad del Papa, etc. Con estas connotaciones religiosas no
es extraño que el monarca español Felipe II, rey católico por
antonomasia, mostrase gran respeto hacia esta colectividad de la
que era titular y que había recibido del propio Felipe III de
Borgoña a través de Carlos el Temerario (1433-1477),
Maximiliano I de Habsburgo (1459-1519) y Carlos V de Alemania (1500-1558).
Se puede apreciar que el trasfondo de la orden no tiene nada de
alquímico sino que es claramente político-religioso. Según los
documentos inaugurales el toisón de oro, sustraído por Jasón
al dragón en tierras lejanas, representaba la ciudad de Jerusalén
arrebatada por los cruzados europeos a los árabes en Tierra
Santa. En registros tempranos se establece también una analogía
entre el "Toisón Inmaculado de Gedeón" y la
imagen de la Virgen María, patrona, junto a San Andrés, de la
orden. Al margen de esta realidad histórica vemos que más de un
siglo después de su institución circulaban rumores sobre un
objetivo fundacional de carácter alquímico. El motivo de esta
tardía interpretación radica en la difusión durante toda la
centuria del XVI de una antigua leyenda contenida en el "Lexicon"
de Suidas (siglo X) según la cual en la piel obtenida por Jasón
estaba grabado el modo de fabricar oro por medio de artes "chimicas"
(109) . En tiempos de Stanihurst se hacen eco
de esta interpretación Lodovico Ricchieri (1460?-1525) (110), Theodor Zwinger (1533-1588) (111), Favorino Guarino (1450?-1537) (112), Iaccopo Mazzoni (1548-1598) (113), Antonio Ricciardi (1520?-1610) (114) y Johann Lange (1485-1565) (115). La "alquimización" del mito
del toisón de oro parece acarrear una interpretación obscura de
la orden del mismo nombre en los términos descritos por Richard
Stanihurst. Para intentar dar alguna veracidad a esta suposición
hace al Duque autor de un tratado de alquimia: "...escribió
un sabio y sustancial tratado, en el qual confiesa haver obtenido
el señorio della, no esta impreso dicho libro, mas hallase en
París, mano escrito, en la Libreria de los Reyes, del qual he
visto una copia, entre los notables libros que tiene Ernesto,
Principe Elector de Colonia...." (116). No hemos encontrado en ninguna otra fuente,
impresa o manuscrita, la menor referencia a un tratado de
alquimia redactado por Felipe III de Borgoña. Tampoco hay datos
históricos determinantes que indiquen la implicación directa de
este personaje en prácticas alquímicas. En su defecto debemos
considerar mecanismos seudoepigráficos por los cuales algún
escrito sobre esta materia pueda haberle sido atribuido. Uno de
los más corrientes consiste en hacer autor original a la persona
a la que va dedicada una obra. En este sentido sí podemos contar
con algún indicio (117).
El otro monarca al que alude es Roberto de Anjou. Lo hace en
estos términos: "Roberto, Rey de Napoles, fue enseñado
en esta misma sciençia del muy famoso philosopho Raymundo Lulio,
natural de Mallorca, como paresce por diversos tratados que
Raymundo dedico al mismo Rey" (118) . Las obras a las que puede referirse son cuatro:
"Ars operativa medica", "Apertorium", "Compendium
animae transmutationis metallorum" y la "Epistola
accurtationis". Según las investigaciones realizadas por
Michela Pereira no son obras auténticas Ramón Llull, ni tampoco
existió ningún tipo de apostolado alquímico por parte del célebre
filósofo mallorquín hacia este rey Roberto (119).
Es muy significativa la forma en la que insiste en la riqueza de
estos gobernantes, especialmente del primero, en las joyas y en
el dinero que supuestamente obtuvo al dominar este arte. Con sus
ejemplos Stanihurst invita a su lector a no despreciar el
beneficio tangible de la disciplina que va a describir.
Interpreta su utilidad en sentido material, algo que, si
atendemos a los datos históricos, es lo que realmente interesaba
a Felipe II de las transmutaciones alquímicas (120). Buen conocedor de la sensibilidad real
invita a: "...con todo su poder y riqueça, mantener la [crist]iandad,
oprimir la infidelidad, defender la religión Catholica, destruir
a los abominables lutheranos, y calvenistas, pelear por Dios, y
contra el diablo..." (121).
El capítulo primero lo inicia con una aproximación etimológica
de la disciplina a tratar: "Entre diversas
opiniones de diversos autores, hallo ser mas verosimil que esta
palabra griega, «chimia», de deribe del berbo griego «cheo» q[ue]
significa fundir, por cuanto los chimistas son forçados muchas
vezes a trabajar en fundir los metales y minerales para su mejor
preparacion, y de aqui paresçe que este arte chimica tomo el nom[br]e,
a la cual los arabes añadieron su articulo «al», y asi de «chimia»
hicieron «alchimia»..." (f. 249v). Esta hipótesis está
muy documentada en el siglo XVI. Sería muy extenso, y por otra
parte innecesario, citar todas las referencias similares
resultado de la querencia etimologista de esta época y que, en
lo referente a la alquimia, tiene como compendio más variado el
"De arte metallicae metamophorseos" de Faniano, editado
en Basilea en 1560. La reivindicación del vocablo "chimia",
entendido de modo diverso e infrecuente en los escritos
medievales, se puede considerar un cultismo difundido por el
humanismo helenista, resultado de la recuperación desde la
centuria del XV de variadas obras sobre la chmeia de antiguos autores greco-romanos y
bizantinos (122) .
En las líneas siguientes del tratado, junto con algunas frases
del prefacio, encontraremos manifestaciones fundamentales para
acercarnos al concepto general de la "chymica"
que tenía Stanihurst. Para entender su punto de vista debemos
comenzar sopesando la situación turbulenta de la alquimia en el
siglo XVI.
Desde su introducción en Europa la mayoría de los escolásticos
abordaron este tema desde la estructura conceptual de las categorías
aristotélicas y la identificaron con un "ars" o
"sciencia minor" capaz de realizar de manera práctica
la "conversión de las especies naturales",
principalmente de las especies metálicas.
Desde su rango de arte mecánico su dimensión teórica estaba
supeditada a la "physica", la ciencia general
encargada del estudio de los fenómenos naturales, de la que
tomaba abundantes ideas y disposiciones tanto particulares como
generales (123) . Ahora bien, la base epistemológica se
complica desde finales del siglo XIII, y sobre todo en el XIV y
XV, cuando numerosos autores hacen llegar su discurso hasta el
terreno del prodigio sobrenatural (124).
La impotencia a la hora de justificar sus continuos fracasos en
la transmutación metálica los conduce a arrogarse un grado
especial pretendiendo ser una ciencia revelada y divina. Se
apoyan en la arbitrariedad de una supuesta revelación misteriosa
tratando de justificar la imposibilidad de garantizar un éxito
sistemático en los resultados de sus operaciones transmutatorias.
Se integra de esta manera el tema hermético del alquimista como
manipulador de extraordinarias fuerzas ocultas de orden
sobrenatural (125).
La alquimia a modo de "industria milagrosa", de arte
liberal, superior a la filosofía aristotélica, independiente,
cuyos prodigios y operaciones sobrepasan la capacidad de la razón,
siendo inspirados directamente por Dios, se perpetúa en
bastantes plumas de la centuria del cuatrocientos y llega con
abundancia de ejemplos a la del quinientos (126). Este discurso gana terreno desde comienzos del
siglo XVI entre el gran número de aficionados que prolifera en
Europa gracias a la vulgarización de los tratados producida con
la aparición de la imprenta. En muchos casos surgen autores con
ciertos conocimientos teóricos y bibliográficos pero cuyo
ejercicio práctico era escaso. Las doctrinas de insuficiente
peso argumental se multiplican complicando sus móviles, sobre
todo en lo relacionado con la misteriosa preparación de un
agente de transmutación universal, generalmente denominado "Lapis
philosophorum" (127) .
Se desarrollan unos sistemas especulativos libremente basados en
ciencias obscuras u ocultas (la cábala, la magia y la astrología)
en perjuicio de los márgenes del razonamiento delimitados por la
"physica" y la "Philosophia Naturalis"
(128). Theodor Zwinger y otros enciclopedistas
recogen este legado dejando constancia de un punto de vista según
el cual el: "...chymicus vero bifariam consideratur. Est
enim una pars chymiae naturalis, altera vero supernaturalis"
(129). El reconocimiento de una "chymia"
natural junto a otra sobrenatural marca las relaciones de la
alquimia con los estamentos oficiales, tanto académicos como
eclesiásticos, en el siglo XVI (130). En este contexto las destilaciones y la extracción
de esencias iban alcanzado cierto reconocimiento a causa de su
provecho en medicina, sobre todo entre boticarios y cirujanos (131). Es obvio que la tecnología
desarrollada por los alquimistas y muchos de sus procedimientos
tenían una utilidad cierta, pero durante toda la centuria del
quinientos es de igual forma innegable que fue tratada como una
práctica marginal por la mayoría de los representantes de la
ciencia institucional. En este aspecto Paracelso y algunos de sus
seguidores lograron dar a la "chymia" un impulso
que no se detendría al centrarse en la investigación
experimental y no en una mera justificación teórica. Defendieron la revisión de las autoridades clásicas, mostrándose
partidarios de la experimentación directa y de la observación
de la naturaleza como procedimiento seguro. Empero, para las
instituciones académicas era sin duda complicado asimilar una
disciplina con discursos cargados de fenómenos prodigiosos,
sometidos además a modos de transmisión secretos o codificados.
En el tratado de Stanihurst, por ejemplo, no encontramos una
disertación sometida al prodigio sobrenatural, ni a las
maravillas del "milagro químico". Es interesante
observar la carencia de epítetos del tipo de "ciencia
revelada", "ciencia divina", "arte sagrado"
u "obra bendita", habituales en otras plumas del siglo
XVI que nos trasladan a un delicado terreno epistemológico
relacionado con la revelación y la sacralidad (132) . Es más, las intervenciones
extraordinarias las cataloga dentro de las malas artes
practicadas por falsos alquimistas al sostener que: "...tales
burladores usan algunas veces supersticiones y palabras magicas,
y con esto, no se siguiendo la fuerça de naturaleza..."
(fol. 256r). No intenta franquear el terreno de la "physica"
para ahondar en la metafísica o plantear una teoría general y
abstracta sobre las causas primeras de las cosas. Nuestro autor
no traspasa la esfera natural, recupera la idea de que su "chymia"
es simplemente una "...parte de la philosophia natural"
(fol. 248v). No reclama intervenciones numinosas sino un estudio
disciplinado de la parte de la ciencia que se encargaba de dar
explicación a los fenómenos naturales y dice reconocer al buen
alquimista verificando si: "...entiende la philosophia
[natural], y cierto q[ue] si no la sabe y entiende muy
bien que es dinero perdido lo que con el se gastare, considerando
que estas mediçinas, digo las del segundo y terçero genero, son
los mas profundos misterios que ay en toda la philosophia natural..."
(ff. 254r-254v). La advertencia de Stanihurst es comprensible en
esta época en la que algunos representantes de las ciencias
oficiales, como él mismo, estaban asimilando las posibles
utilidades de la alquimia mientras hacían notar la escasa formación
académica de muchos de los que pretendían dominarla siendo en
realidad desconocedores de la filosofía, la física, la lógica...
Con este panorama hombres de ciencia del tipo de Conrad Gesner
admitían el buen provecho de variadas operaciones y técnicas
particulares mientras que, al mismo tiempo, alertaban a sus
contemporáneos sobre el bajo nivel cultural del género de los
alquimistas, la mayoría de ellos "iletrados" según
sus palabras (133) . Richard Stanihurst se expresa a renglón
seguido en términos similares a los de Gesner, planteando la
imposibilidad de que un hombre sin una completa preparación
pueda abundar en la teoría alquímica solamente con su "discurso
natural", esto es, innato, llano y si formar: "...y,
por tanto, como podra ser que un ignorante con solo discurso
natural y su propia industria venga a alcanzar tanta perfection.
Y assi considero bien este punto el mismo Ripleo, respondiendo a
los ignorantes lectores que culpavan los philosophos por escribir
tan obscuramente, dize estas palabras: los ignorantes culpan a
los philosophos, mas ellos deven ser culpados que, no siendo
letrados, tratan de philosophia" (ff. 254r-254v).
También es apreciable el modo en el que el dublinés intenta
enaltecer su práctica, algo lógico si tenemos en cuenta, según
acabamos de explicar, el vilipendio habitual de los "experimentos
chymicos" entre no pocos representantes de las instituciones
oficiales. Su "chymia" es para él un "arte
noble" (fol. 248v) y las experiencias más habituales en
las que se ve implicado, como las destilaciones, son igualmente
dignificadas al hablar sobre la: "...muy noble sciençia
de la destilaçion" (fol. 250v). En esta dinámica no
puede dejar de aludir a: "...los medicos que no solamente
ygnoran la destilacion [...] mas son contrarios y repugnan
a la extraction de los metales..." (fol. 250v) lo que
nos traslada al enfrentamiento entre clínicos galenistas e
iatroquímicos.
Otro detalle significativo en el procedimiento argumentativo del
autor se puede apreciar a lo largo de todo el capítulo tercero.
Mientras explica las hipótesis sobre la transmutación metálica
comprobamos que no lo hace de un modo dogmático sino apoyado en
el discurso racional, abriéndose a diversas opiniones de los "philosophos
chimicos" (f. 251v) y reconociendo la necesidad de dejar
este debate "...para las escuelas" (f. 251v).
Siguiendo el método científico del hombre del Renacimiento no
limita sus explicaciones al campo teórico sino que abunda en los
ejemplos prácticos. En el capítulo tercero establece la
necesidad de un apoyo experimental que confirme los presupuestos
especulativos, rasgo que diferencia gran parte de la ciencia
renacentista de la desarrollada durante la Edad Media. El dublinés
nos habla de lo que "...la experiençia assi mismo
verifica..." (f. 251v) y expone a su lector diversos
casos intentando demostrar experimentalmente la efectividad de la
transmutación.
Estos detalles nos muestran que la asimilación de la actividad alquímica por parte de ciertas figuras salidas de ambientes académicos, como el propio Stanihurst, venía compañada de un proceso de integración con las exigencias propias de una disciplina oficial que estudia fenómenos naturales y lo hace basándose en el discurso confirmado por la experiencia. No obstante se trata de un proceso generalmente incompleto en el que no existe una norma unificada, quedando a juicio particular del autor. En el caso del dublinés se conservan elementos que defienden partes de la alquimia a modo de "obra secreta" tal y como podemos apreciar si nos centramos en el análisis del lenguaje utilizado en el "Toque de Alquimia". Dentro de este aspecto, y antes de establecer una opinión válida, debemos comprobar si el autor prefiere una norma de designación indirecta, mediante metáforas, prosopopeyas o metonimias, tan del gusto hermetista, o bien se inclina hacia una claridad referencial expresada en un significado léxico directo. Aportaremos a modo de introducción unas breves observaciones de carácter contextual que nos permitan comprender la redacción de una escrito con las características del que aquí afrontamos.
Comenzaremos por advertir que,
siempre situados en la época de Stanihurst, junto a las
consideraciones de orden sobrenatural ya mencionadas es
obligatorio reparar en un segundo elemento que no favorecía en
nada la aproximación de lo alquímico a las instituciones académicas
oficiales, a saber: el lenguaje cifrado y obscuro de sus tratados.
Las abundantes obras que narran los procesos involucrados en la
confección del "Lapis philosophorum" se redactan
siguiendo un estilo figurativo complejo, paradójico en muchos
casos, codificado y de difícil acceso. Los procedimientos de
ocultación proliferan, jeroglíficos, alegorías, enigmas, metáforas,
parábolas, toda una estética literaria cuajada de métodos
oclusivos. Tal y como dice Frank Greiner: "A pesar de su
pesimismo lingüístico asimilando el signo verbal a un simulacro
del concepto o de la cosa, los filósofos no se resignan, sin
embargo, al silencio. La necesidad de establecer un dominio teórico
sobre lo verdadero, o de expresarse para fijar sus ideas o
transmitirlas, los conduce a adoptar una actitud ambigua
constituyendo el libro en epifanía, pero también en ocultación
de la verdad" (134) .
Se pergeñan entonces toda una larga serie de manuales, muchos de
ellos famosos seudoepigráficos, en los que la elaboración del
"Lapis philosophorum" implica un conocimiento limitado
por el secreto (135). Al
mismo tiempo, por medio de narraciones ejemplares se recrea un método
de enseñanza no institucionalizado, donde el autor aprende a lo
largo de sus viajes de modo autárquico, a todas luces
autodidacta, tal y como vemos en el popular "Livre de la
philosophie naturelle des métaux" de Denis Zecaire o en el
"Livre de vénérable docteur allemant messire Bernard,
comte de la Marche Trevisan" (136). Son relatos que introducen al lector en una
historia dramática en la que se desenvuelve una búsqueda
procelosa, dilatada durante decenios a través de diferentes
regiones y ciudades. El "Discours d'Autheur incertain sur la
pierre des philosophes", anónimo terminado en 1590, da un
paso más en este estilo abogando por la naturaleza iniciática
del aprendizaje (137) .
El protagonista se arrastra durante años entre "sofistas"
y "sopladores", gastando miles de ducados en una
demanda infructuosa hasta su iniciación en los "misterios"
de la "ciencia divina" por medio de un "filósofo
español" que le señala los "buenos libros"
a consultar. Tiempo después su preparación se afianza gracias a
la intervención de un "filósofo inglés" que
le insta a "tener fe" en la obra que pretende
realizar y le testimonia la efectividad de su arte transmutando
en oro distintas onzas de mercurio y estaño. La historia llega a
su culmen cuando el narrador recibe dos revelaciones sucesivas en
forma de sueños alegóricos (138).
Como síntesis de este estilo narrativo aparece el famoso "Livre
des Figures Hiéroglyphiques" del pseudo-Flamel, estampado
en 1612. Su composición denota todas las influencias citadas.
Vemos en él perfectamente trazados los procesos de transmisión
de secretos sobre el "Lapis philosophorum" (que
el ficticio Flamel recibe en las enigmáticas láminas de un mítico
libro de origen judío y transmite posteriormente desde los
relieves de una arcada), las alusiones al estudio autodidacta, la
fe ciega en un objetivo dudoso desde el punto de vista empírico
y, finalmente, la iniciación misteriosa acontecida durante el
deambular del alquimista errante, esta vez por tierras del norte
de España (139).
Este tipo de relatos iniciáticos constituyen el grado más
intenso dentro de la exhibición de la alquimia como una obra
reservada, deliberadamente ocultada y, aunque la idea de la
necesidad de un encubrimiento es expresada de modo diverso, está
muy arraigada entre una mayoría de plumas en la Edad Moderna (140) . En el período que más nos interesa
aquí, y que nos sitúa entre los contemporáneos de Richard
Stanihurst, se hace notar una corriente moderadora que tiende a
tratar con cierto detalle el estilo literario de los textos. Un
modelo paradigmático en este sentido es el "De alchemiæ
difficultatibus" de Theobald van Hoghelande (1560?-1608),
publicado en 1594 (141) .
Se reconoce aquí una reflexión en la que no existe un rechazo
radical al abundante secretismo, sino más bien un repaso de las
estrategias de ocultación más frecuentes acompañada de una
incitación a tratar los temas con mayor habilidad verbal, todo
ello asumiendo el secreto como una característica inherente a la
propia alquimia, e incluso necesaria.
Este talante encuentra su adverso en ciertos manuales desde los
que se transmiten modos de exposición más claros y abiertos
sobre las aplicaciones metalúrgicas o terapéuticas de la "chimia-alchimia".
Renunciando a una transmisión del saber por medio de un proceso
mistérico de iniciación se desliza la necesidad de sustituir el
método iniciático por otro pedagógico según vemos en la
"Alchemia" de Andreas Libavius (1540-1616) y en la
"Basilica Chymica" de Oswald Croll (1560-1609) (142) .
En el "Toque de Alquimia" Stanihurst denota una postura
intermedia. Cuando habla del "primer efecto" de
la chymia, dedicado a confeccionar "...medicinas
que solam[ent]e curan las enfermedades humanas...",
lo hace en los términos de unos procedimientos, basados en su
mayoría en la destilación, que circulan de un modo público por
el continente europeo: "...Los que siguen la primera
parte ponen todo su cuydado y trabajo en distilaciones [insertado
entre líneas: y extractiones] de yerbas, de gomas, de
piedras preciossas, de minerales como vitriol, como açufre,
antomonio o semejantes, y aun la extraccion de metales como oro,
plata y los demas cinco metales. Los efectos notables questas
distilaciones y extractiones hazen en sanar las enfermedades del
cuerpo humano, y en conservarlos en salud, no solamente se trata
en los libros de los philosophos, mas en este nuestro tiempo es
notablemente notorio en las partes de Europa donde de ordinario
se usan, como en Italia, Françia y especialmente en Alemania, y
la experiencia muestra que con esta medicina sanan muchas
enfermedades que por la via ordinaria son incurables, o casi
imposible de curar, como la gota, la piedra, colicapassión,
consumpcion, quartanas, la ydropesia, la lepra y el mal françes..."
(f. 240r). Hemos comprobado con anterioridad que el cometido del
dublinés en El Escorial consistía en instruir a los técnicos
del laboratorio de destilados en la preparación de este tipo de
medicamentos, y es obvio que realizaba la tarea encomendada
siguiendo una didáctica abierta, al menos tanto de cara al Rey
como a su boticario principal Francisco de Bonilla. Su
comportamiento no puede ser considerado un caso excepcional. La pública
declaración de este género de operaciones se había
generalizado a lo largo de toda la centuria, e incluso en fechas
cercanas a la redacción del "Toque de Alquimia"
cristalizaron los primeros focos de enseñanza oficial. En 1591
la Universidad de Valencia creó una cátedra, pionera en el
viejo continente, para el estudio de los medicamentos chymicos
titulada "De remediis morborum secretis" y dirigida por
el médico paracelsista Lorenzo Cózar (143) . En el resto de Europa Andreas Libavius escribía
contra aquellos médicos que guardaban sus más efectivas prácticas
terapéuticas (lat. artificia) como si se tratara de
secretos (lat. arcanum), e instaba a los iatroquímicos a
establecer una enseñanza de dominio público basada en una
disposición metódica (lat. dispositione methodica) del "arte
chymico" (144) .
Siendo la de Libavius la posición particular más progresista,
el proceso divulgativo, hablando en términos generales, está
cargado de abundantes y significativos matices. Así, por
ejemplo, en la alemana Universidad de Marburgo se reconoció el
estudio de la "chymica iatrica" desde 1609,
siendo incluida con el nombre de "chymiatria"
como una asignatura más dentro del currículum médico, sin
embargo a pesar del establecimiento de un método pedagógico
institucionalizado la asignatura tenía la consideración de
"materia reservada" y su enseñanza venía regulada por
una relación contractual en la que el alumno se comprometía a
no difundir lo aprendido sin el permiso expreso del profesor (145).
En el caso de Stanihurst el "secreto" hace siempre
referencia al ejercicio de las transmutaciones metálicas o, como
él mismo dice, al proceso de confección de medicinas para "curar
las enfermedades de los metales" (146). De igual forma, aunque para él la
elaboración de estas substancias productoras de metales
preciosos demanda esfuerzo en el estudio y un gran conocimiento
de la "Philosophia natural" las técnicas
aplicadas no requieren un material costoso, lo que hace que
puedan ser adquiridas por un individuo sin fuerte apoyo económico
(147). En los dos últimos capítulos de su
tratado intenta regular ciertas normas preceptivas para los
inversores a la hora de contratar a estas personas, indicando las
pautas a seguir a la hora de examinar sus posibles garantías (148).
Si se pretende que la persona trabaje en la obtención de estos productos aconseja fijarse en cuatro detalles:
Si al inversionista se le presenta un sujeto con un producto ya preparado para la transmutación "...deve examinar y procurar de saber si sabe el mismo [sic est: el presunto alquimista] de hacer la tal medicina realmente..." (f. 255v). En cualquier caso recomienda la máxima alerta a la hora de probar la efectividad de lo ofrecido, ya que los artificios engañosos son muy abundantes. Nos apunta un caso concreto: "Otros toman carbones, y haciéndoles agujeros echan dentro polvos de oro tapandolos con çera, y quando el crisol esta al fuego con el azogue ponen enzima los dichos carbones, derritese la çera, los polvos caen y se funden, y el azogue se desvaneçe en humo. Con este engaño, un bragadin hara tres años burlo a unos ciudadanos venecianos, y despues, pensando engañar al Duque de Baviera de la misma manera, descubrio el Duque su trampa y le mando por ello cortar la cabeza, que se executo" (f. 256r). El "Bragadín" mencionado fue un farsante que se hacía llamar Marco Antonio Bragadino. Al menos con ese nombre se dio a conocer en la ciudad de Venecia, donde quiso pasar por pariente del general Bragadino, muerto heroicamente en Chipre a manos de los turcos. El impostor se promocionó durante meses la imagen de prodigioso hacedor de oro. El renombrado teólogo y naturalista Paolo Sarpi (1552-1623) organizó en 1589, con la colaboración de varios amigos, una mascarada, mezcla de carnaval y burla, ridiculizando públicamente la figura de este alquimista charlatán. En 1590 marchó a tierras germanas para entrar al servicio del duque Guillermo V de Baviera (1548-1626) al que prometió fabricar grandes cantidades de oro (149) . Comprobada su mentira se le acusó de invocar al diablo para intentar llevar a cabo sus estériles transmutaciones. Fue ejecutado en 1591 por ejercer estas "...falsas mudanzas basadas en la nigromancia" (150). El hecho de que Stanihurst mencione este caso en particular no parece ser casual. En importantes manuales redactados por teólogos y moralistas católicos la pena capital administrada a Bragadino recibe el tratamiento de una acción ejemplarizante. Al menos así lo apreciamos en plumas vinculadas a la Orden Jesuita (151). Gregorio de Valencia (1551-1603), eminente teólogo jesuita que no niega la posibilidad de la transmutación metálica, es el primero en recomendar la alerta ante estos timadores. La mención que hace del caso sucedido en Baviera el mismo año de publicación de su "Commentariorum theologicorum tomi IIII" (1591) pone de relieve el rápido eco de este suceso entre los miembros de su Compañía (152). De forma similar se pronuncia el Padre Martín Antonio del Río (1551-1608). Este famoso teólogo jesuita se movió mucho tiempo en un entorno cercano al de Stanihurst en las ciudades de Lieja, Lovaina y Antwerp. De hecho ambos compartieron la amistad del obispo de Lieja y mantuvieron estrechas relaciones con Justus Lipsius. En sus famosos "Disquisitionum magicarum libri sex", redactados en 1596 y editados por primera vez en 1599 acepta la posibilidad de la crisopeya, pero advierte sobre el peligro de creer en fraudes y engaños como los perpetrados por Marco Bragadino (153). Otros miembros de la Compañía de Jesús que mencionan el ajusticiamiento son Lelio Bisciola (1539-1629) y Paulo Comitoli (1544-1626) (154).
En el siguiente párrafo se aborda la problemática de las invocaciones al demonio que tanto parecen interesar a los prelados católicos: "...y estos tales burladores usan algunas veces supersticiones y palabras magicas, y con esto, no se siguiendo la fuerça de naturaleza, sino el ayuda del diablo, burlan a los que estan presentes con fantasias magicas, y assi las mas vezes estos magicos no quieren que esten presentes cuando hacen alguna prueva personas devotas..." (ff. 256r-156v). Este supuesto ya fue planteado a finales del siglo XIV por el inquisidor Nicolás Eymerich en su "Epistola contra alchimistas". Según su opinión, la doctrina cristiana concede al demonio cierto poder sobre las sustancias materiales. Entre estas facultades estaría la de localizar metales nobles y piedras preciosas de tal forma que, aunque no fuera capaz de crear oro sí podría trasladarlo de un lugar a otro mediante artes mágicas y entregarlo a aquellos alquimistas obsesionados con la obtención de riquezas que le rindiera culto (155) . Contemporáneos de Richard Stanihurst ya aludidos, del tipo de Gregorio de Valencia o Martín del Río, reflejan en términos similares a los del dublinés la posibilidad de caer en estos pactos con el demonio (156) .
Con todo, Stanihurst es un
hombre que defiende la posibilidad de elaborar metales nobles por
procedimientos alquímicos. Recomienda, eso sí, mucha prudencia
en la inversión debido al elevado número de timadores, pero
considera que la labor es realizable: "...no es assimismo
cordura menospreciar todas las cosas que de primera faz no
podemos alcanzar ni concebir. Porque si Colon no fuera creydo, o
puesta en effecto su offerta por algun principe, sino
menospreciado de todos, claro esta que hasta ahora las Indias
estuvieran por descubrir.." (f. 253v). Al margen de las
operaciones que dice haber presenciado en Londres menciona un
caso demostrativo particular: "...que un metal se pueda
convertir en otro Paracelso lo prueva manifiestamente, porque
dice que cierta agua mineral de caparrosa que ay en Alemania que
los moradores cerca della están acostumbrados a echar dentro de
dicha agua planchas delgadas de hierro, y dexandolas alli algunos
messes las hallan despues convertidas en cobre, esto cuenta como
cosa muy notoria y savida en Alemania" (f. 252r). Aunque
no lo cita literalmente, la fuente del relato es un apócrifo del
Corpus Paracélsico titulado "Libellus de tinctura
physicorum", redactado alrededor de 1568, ampliamente
difundido desde 1570 junto a algunas de las polémicas "Archidoxas"
estampadas entre 1569 y 1582 (157) .
Concretamente el capítulo sexto describe un suceso, muy
frecuente en las localidades de Zifferbrunnen y Kuttenberg, en el
que el hierro parece convertirse en cobre tras sumergirlo largo
tiempo en unas aguas vitriólicas propias de aquellas tierras (158) . La anécdota merece un pequeño
comentario, puesto que no ha sido elegida al azar, de hecho es
uno de los ejemplos fundamentales sobre los que se estaba
desarrollando un debate a nivel académico sobre la posibilidad
de la transmutación metálica .
El anónimo redactor del "Libellus de tinctura physicorum"
no es el primero en atestiguar este fenómeno, conocido desde la
Antigüedad. En el siglo de Stanihurst fue Georg Bauer,
latinizado "Georgius Agricola" (1494-1555), el
responsable de popularizarlo al mencionarlo en su obra "De
natura eorum quae effluunt ex terra" (159). En Inglaterra está documentado el ensayo
realizado en 1579 por William Medley, responsable de las "Reales
Minas", con el fin de transmutar grandes cantidades de
hierro en cobre intentando reproducir el proceso a gran escala,
así lo afirma Sir John Wyn of Gwydir (1553-1626) en su cartas: "A
great project had been carrying on now for two or three years, of
Alchymy, William Medley, being the great undertaker, to turn iron
into copper. Sir Thomas Smith Lord Burghley Secretary of State,
had by some Experiments made before him, a great Opinion of it...".
El médico y naturalista Andrea Cesalpino (1519-1603) también da
credibilidad a este tipo de operación en sus "De metallici
libri tres" de 1596 (160).
Georg Engelhard von Löhneyss (1552-1622), inspector general y
superintendente de minas del Duque de Brunswick-Wolfenbüttel,
insiste también en que se trata de un hecho comprobado (161). La posibilidad de este supuesto fenómeno
natural atizaba la polémica discusión sobre la evidencia de la
transmutación metálica en las instituciones académicas donde
la "filosofía química", difundida sobre todo por el
movimiento paracelsista, se introducía con cierta pujanza. En
medio de esta controversia el "chymicus" Nicolas
Guibert (1547?-1620?), graduado en medicina por la Universidad de
Perugia, redactó en 1603 un tratado dedicado a negar categóricamente
la transmutación, y lo hizo refutando los ejemplos prácticos más
conocidos. Alegaba que el cobre obtenido era una imitación y no
el auténtico metal (162) .
El texto provocó una repuesta de Andreas Libavius que tuvo su
correspondiente contraréplica unos años más tarde (163).
Angelo Sala (1576-1637) entró en la polémica elaborando una
primera respuesta, no del todo correcta pero sí bien orientada,
al resolver que debía tratarse de una permuta de las partes
debida a la precipitación del cobre presente en las "aguas
vitriólicas" (164). Un
caso especialmente significativo dentro de esta controversia es
el del médico alemán Daniel Sennert (1572-1637), uno de los más
prestigiosos chymicos de su tiempo. En la primera edición
de su "De Chymicorum cum Aristotelicis et Galenicis consensu
ac dissensu" se mofa de Guibert, al que tilda de necio por
negar que se produzca la transmutación del hierro en cobre y
comenta que entre los técnicos metalúrgicos de Alemania se
alababa la pureza del metal obtenido. En su opinión: "...homine
imperito nihil est ineptius" (165) . Sin embargo durante la publicación póstuma de
sus obras uno de sus editores introdujo nuevos comentarios
localizados en una primera edición glosada en forma manuscrita
por el propio Sennert (166) .
En esta relectura vuelve a incidir en que el cobre obtenido es
verídico, pero ya no afirma que sea producto de una transmutación,
sino de una separación en la solución vitriólica que se fija
en el hierro a la vez que lo va "disolviendo" para
ocupar su lugar. Alrededor del año 1630 Joaquim Jungius (1587-1657)
formulaba una opinión sustentada en su propia teoría atomista.
Desde su punto vista había que observar la solución en la que
era introducido el metal, ya que cambiaba paulatinamente de
color, del azul propio del vitriolo de cobre al verdoso del
vitriolo de hierro. Para Jungius esto significaba un intercambio
entre átomos de hierro y cobre (167).
A finales del XVII similares reacciones redox merecieron la
atención de todos los químicos. Lemery (1645-1715) describe con
total naturalidad el proceso de substitución entre cobre y plata
(168). En España la polémica llega muy tarde.
Es atizada varias veces por Francisco Antonio de Tejeda (llamado
"Teófilo") y siempre replicada por Benito Feijoo (169).
Todo el episodio tiene una explicación ajena a las pretensiones
transmutatorias.
Como hemos comentado se trata de una simple reacción redox. Este
tipo de operaciones implican un proceso simultáneo en el que un
reactivo pierde electrones (Oxidación) para que otro los gane (Reducción).
En el caso que nos ocupa, al introducir una lámina de hierro (Fe)
en una disolución de Sulfato de Cobre (CuSo4)
obtendremos cobre (Cu) y Sulfato Ferroso (FeSO4). La
ecuación química del proceso, muy sencilla de representar, sería
la siguiente:
Fe + CuSO4 à FeSO4 + Cu++
Cuando el hierro es colocado dentro de la disolución acuosa de Sulfato de Cobre puede observarse a simple vista la pérdida paulatina del color azul intenso de la disolución, propio de los iones Cu++, al tiempo que el cobre aparece por toda la superficie de la lámina sustituyendo al material original. Esto significa que el hierro se oxida liberando electrones (170) que toma el cobre (171) para formar átomos y depositarse en el lugar que ocupaba el hierro (172). Para comprobar que estamos en lo cierto podemos calentar la muestra (estaríamos usando un catalizador) hasta destruir la reacción, desprendiéndose de esta forma la parte cuprosa. Vemos entonces que el tamaño de la lámina disminuyó en la cantidad correspondiente al hierro oxidado. Si utilizamos zinc en lugar del hierro apreciaremos que la reacción se realiza más rápidamente, habrá una mayor dispersión de las moléculas de zinc a causa del mayor potencial de oxidación de esta sustancia.
f.) Fuentes del texto.
Algunas de las fuentes ya han sido mencionadas. Tal es el caso del "Libellus de tinctura physicorum" del pseudo-Paracelso. Su cita indica una lectura de las "Archidoxas" de 1570 (173) . Ahora que estamos con las obras atribuidas a Teofrasto que Stanihurst manejó, conviene recordar su conocimiento de la "Aurora philosophorum", ya tratado líneas arribas cuando hablamos de su "De Rebus in Hibernia Gestis". Lo mencionamos porque hay dos ideas del "Toque de Alquimia" que guardan relación directa con sendos capítulos de este tratado. Concretamente el contenido del capítulo XIX, "Sobre el Fuego Secreto de los Sabios", parece estimular la idea del dublinés acerca del fuego como factor determinante del tipo de obra que se pretende realizar: "La razon destos differentes effectos procede de la diversidad de los fuegos con que los philosophos hazen sus medicinas, los quales quatro fuegos dividen en quatro suertes: la primera, elemental, que consiste de leña carbon, y de semejante materia combustible; la segunda llaman fuego natural, por el qual cualquier cosa se conserva en su ser; el tercero se dice fuego contra natura, el cual es violento porque destruye toda naturaleza; el quarto es el fuego compuesto que consiste en una mixtura hecha del fuego natural y contra natura" (f. 253r). Del mismo modo el capítulo VI, "Sobre los Diferentes y Múltiples Errores que Concierenen a la Materia, su Conocimiento y su Auténtico Descubrimiento", insiste sobre el error de utilizar plantas o sabias vegetales por medio de nociones muy similares a las que transmite Stanihurst al recomendar: "...que se observe y tenga quenta si el philosopho, en la operacion de la segunda y terçera medicina (que destas dos trato principalmente en este lugar), obra con yerbas o con vino vulgar, o aguardiente o tales vegetales..." (ff.254v-255r). Podemos preguntarnos si fue Richard Stanihurst un paracelsista. Desafortunadamente el pequeño tratado apenas define cuestiones teóricas, tampoco proporciona información suficiente para permitirnos resolver el grado de implicación que tenía la doctrina de Paracelso en su terapéutica chymica. Las citas de obras atribuidas al médico alemán, unas auténticas, otras seudepigráficas, no resultan en absoluto concluyentes por sí mismas. No obstante aparecen siempre como auctoritas, lo que enlaza con un segundo dato. Nos referimos a la relación del dublinés con Ernesto de Wittelsbach, Arzobispo Elector de Colonia. En el "Toque de Alquimia" se nombra la biblioteca privada de este personaje (f. 249r), cuyos fondos fueron aprovechados por bastantes ilustrados católicos del entorno de Flandes, entre los que se encuentran Justus Lipsius o el mismo Stanihurst. Ahora bien, sabemos que Ernesto estuvo interesado en la transmutación metálica y la preparación de medicamentos (al)químicos. Robert Halleux ha sacado a la luz una serie de documentos que testimonian cierta atención por las ideas paracelsistas hacia finales del siglo XVI (entre 1580 y 1612), siempre en relación con la ciudad de Lieja, lugar de trabajo de Richard Stanihurst. Además, sabemos que, cuando nuestro protagonista irlandés abandonó El Escorial, Felipe II envió una carta de reconocimiento a Ernesto distinguiendo con agrado las experiencias realizadas por el dublinés en las dependencias del Real Monasterio. Esto parece indicar una intervención del Elector de Colonia en el viaje de Stanihurst a la Corte española. (174) .
Volviendo a las fuentes del "Toque de Alquimia", hay también dos alusiones al inglés George Ripley (1415?-1490), pertenecientes al tratado "The Compound of Alchemy". La primera nos lleva hasta la "puerta" dedicada a la putrefacción: "...Jorge Ripleo, philosopho ingles y sancto monje, dixo muy bien: si un philosopho vive virtuosamente, fíjate mejor en su philosophia" (f. 254r) (175) . La otra está tomada del prefacio al lector: "Y assi consideró bien este punto el mismo Ripleo, respondiendo a los ignorantes lectores que culpavan los philosophos por escribir tan obscuramente, dize estas palabras: los ignorantes culpan a los philosophos, mas ellos deven ser culpados que, no siendo letrados, tratan de philosophia" (ff.154r-254v) (176) .
Un caso especial dentro del pequeño conjunto de citas es el de Pietro Andrea Mattioli, porque es para el único que matiza autor, título de la obra, capítulo, así como lugar y año de edición: "...Math[iolo] Libr[i] Epistol[arum] Medicinalium, pag[ina] sig[nata] in edit[io] Lugdunum, anno1564. In nobilissima distilandi sciencia..." (f. 250v). Manifestar con semejante detalle una noticia de un libro en un escrito como el "Toque de Alquimia" dirigido a un solo lector, el rey Felipe II, no puede pasar desapercibido para nosotros. Explicitar tanto es una invitación a confirmar la fuente, e indica que la obra aludida debía ser de fácil acceso para el monarca en el Real Monasterio de El Escorial. Este punto parece probado por el hecho de que todavía se conserva allí el ejemplar exacto (177) . El dato es relevante pues nos sugiere que el dublinés debía tener acceso a los fondos de la biblioteca escurialense.
Hasta aquí llega el corto número
de fuentes que implican un apoyo doctrinal en su utilización. El
resto de autores recogidos en el texto se emplean con otro
sentido. Mientras recurre a Mattiolo advierte: "...este
autor ha sido uno de los mas famossos medicos que ha avido en
nuestros tiempos, digo en la misma escuela que Galeno, Hipocrates
y Avicena, y siendo medico desta profesion no se puede pensar que
aya escrito las palabras que alego con passion..." (ff.
250r-250v). Encuadrando al italiano en la escuela de Galeno
intenta demostrar a Felipe II que el empleo en medicina de técnicas
"chymicas" también tenía sus defensores desde
la ortodoxia galenista, mayoritaria dentro de la élite médica
española y opuesta de manera bastante habitual a la utilización
de este tipo de procedimientos relacionados con las destilaciones
o las quintaesencias.
Finalmente Stanihurst menciona un filósofo llamado Alcuino para
proponer una etimología desarrollada desde su particular sistema
de definiciones. En un primer paso lo instala como inventor de un
potente agente transmutatorio aplicable a todos los metales. Según
opina, el oro que se obtenía con él era denominado en un
principio "aurum alcuinicum" y, posteriormente, se
deformó hasta dar la expresión "aurum alchimicum" (178) . El argumento es completamente falaz.
Ya desde la Baja Edad Media las substancias doradas que pretendían
ser oro, fabricadas con procedimientos alquímicos, eran
definidas generalmente con la expresión latina aurum
alchimicum (sic est: oro de alquimia) e identificaba un
producto sintético, artificial, diferenciado con este epíteto
del oro natural extraído directamente de las minas. Lo
encontramos significado así en escritos de importante divulgación
como el decreto Papal "Spondent quas non exhibent" (179), o en la "Summa theologica" de
Tomás de Aquino (180). La
versión propuesta por Stanihurst, si bien es falsa, resulta
desde luego muy original. Como ya indicara María Tausiet Carles
es probable que el "...philosopho antiguo llamado
Alcuinus..." al que se refiere no sea otro que Alcuino
de York (735?-804)